A vueltas con la escucha…

Artículo redactado para el portal de difusión del conocimiento Qué Aprendemos hoy. El título original es “Escuchar con el cuerpo” y en él se propone una reflexión sobre los códigos culturales de escucha, y las posibilidades que tenemos de potenciar nuestra escucha, si nos atrevemos a probar el dar un paso más allá de esos códigos culturales.

La escucha, la buena escucha, es uno de los principales caballos de batalla de todas las personas. Escuchamos muy poco, tanto a nosotros mismos, como a los demás. Y sin embargo, es uno de los pilares que sustentan la construcción y mantenimiento de las buenas relaciones.

En nuestra cultura, se dice que para escuchar a alguien, debes mirarle a los ojos, debes estar atento a la otra persona, no haciendo nada más, salvo prestar atención, y que el otro vea que estás para él. Hasta tal punto llega este “deber” estar atento, que hay muchas personas que consideran poco respetuoso a alguien con quien están manteniendo una conversación, mientras está haciendo algo, aparentemente, sin estar centrado en su interlocutor.

Buda meditando

Sin embargo, si estuviéramos inmersos en otras culturas, es precisamente este “deber” de nuestra cultura, la que es ofensiva. Es decir, se considera una ofensa mirar a los ojos de alguien que está hablando. Es una muestra de respeto hacia tu interlocutor, el no hacerlo.

Creo que todos, en algún momento, y quizá muy especialmente cuando asistimos a clases o conferencias, adoptamos la pose de estar atentos, pero en realidad, estamos muy lejos de nuestro interlocutor,  e incluso muy lejos de nosotros mismos, desconectados del todo, ya que no nos interesa nada lo que nos están contando. Y sin embargo, por código cultural de respeto, aparentamos estar interesados.

¿Alguno de vosotros ha probado a romper ese código cultural? ¿Alguno de vosotros ha escuchado, de verdad, a alguien, mientras estaba haciendo otra cosa? La realidad es que la gran mayoría de nosotros, escuchamos mejor si no estamos, aparentemente”, prestando atención a nuestro interlocutor.

Todos nosotros escuchamos con el cuerpo, ya que el sonido se transmite,  la piel recibe,  los músculos, y los huesos también. En realidad, nuestro instrumento para escuchar no son solo los oídos, ni nuestra atención, sino todo nuestro cuerpo.

Intentadlo. Pedidle a alguien que os hable, mientras vosotros estáis sin mirar; concentraos en la sensación que se recibe al poner todo vuestro cuerpo a disposición de la escucha. Probad estando quietos, y probad estando en movimiento. ¿Podéis ver la diferencia? Es más, ¿cuántos de nosotros estamos simplemente mirando en un concierto? Estamos en movimiento, nos movemos, saltamos, bailamos, y estamos 100% presentes en la escucha, hasta tal punto que tardamos días en olvidarnos de las sensaciones, las letras, las emociones…y si no se permite el movimiento, ¿cuántos de nosotros cerramos los ojos, yendo en contra del código cultural?

Con esto no quiero decir que rompamos los códigos culturales. Con esto quiero animaros a experimentar, a probar vuestro cuerpo, entero, como instrumento de escucha. Un instrumento de escucha, externa, e interna, sobre todo interna.

En un artículo anterior, hablaba de la escucha interna y de la escucha externa. La escucha interna es vital para poder escuchar de verdad, al que nos habla, ya que todo lo que nos dicen, provoca reacciones en nosotros. Escuchar internamente significa ser consciente, plenamente consciente, de esas reacciones.

Sólo siendo plenamente consciente de esas reacciones, podemos dialogar con nuestro interlocutor. Y para poder ser plenamente conscientes de esas reacciones, tenemos que escuchar nuestro cuerpo. Porque nuestro cuerpo reacciona. Reacciona nuestra piel. Reaccionan nuestros músculos (nos relajamos, nos ponemos tensos). Reaccionan nuestros huesos (nos ponemos en guardia, cambiamos la postura).

Poder escuchar bien, significa estar atentos a los cambios en nuestra piel, en nuestros músculos, en nuestros huesos. Estar atentos a nuestros pensamientos, y a los sentimientos que se despiertan. Ser capaz de observarlos y de gestionarlos, para poder responder a nuestro interlocutor, de forma asertiva, y precisa.

Lo sé. Parece muy complicado. Pero eso es, precisamente, lo que lo hace tan apasionante. Pasito a pasito, dándose cuenta, poco a poco.

¿Os animáis a probar?

Publicado el abril 30, 2013 en Entrenamiento personal y directivo, Para reflexionar y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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