Nombrar la realidad

Cada vez está más de moda el no querer ver la realidad tal como es. Es algo sutil, pero la cuestión es que ahí está.

No creemos que en otras épocas haya estado de moda ver la realidad tal como es. Es algo que siempre cuesta, sobre todo si la realidad es difícil. Sin embargo, nunca hubo propuestas tal y como hay ahora. Casi estandarizadas. Caracterizadas, y etiquetadas, bajo el término de desarrollo personal.

Hoy en día, asistimos a un fenómeno creciente, en el que está de moda ser relativos. Y ese ser relativos se impulsa a través de animarnos a todos a considerar las palabras que nos decimos, y con las que caracterizamos la realidad, como etiquetas.

No hay límites, hay que perseguir los sueños, no hay barreras, no hay errores, no hay fracasos, no hay éxitos, no hay…todo lo que no quieras que haya. Y hay, todo lo que quieras que haya. Todo depende de cómo lo nombres, y de cómo te lo presentes a tí mismo.

Y esto, en nuestra opinión, es muy peligroso.

Estando de acuerdo en el hecho de que es necesario tener una actitud positiva ante la vida, y ante las circunstancias, nosotros creemos que es necesario nombrar.

Nombrar la realidad tal y como es, ya que es lo que nos permite forjar un carácter y una voluntad fuertes. Es lo que nos permite avanzar.

Si alguien que ha fracasado, no reconoce que ha fracasado, pierde una oportunidad única de aprender a sostener el fracaso, de lidiar con la frustración. De aprender para poder seguir adelante, con cimientos, con mimbres fuertes, con la voluntad fortalecida.

Si alguien que ha tenido éxito, no reconoce que tiene éxito, pierde también una oportunidad única de aprender a sostener ese éxito, de lidiar con la euforia. De aprender para poder seguir adelante, con cimientos, con mimbres fuertes, con el ego bajo control.

Tratar de relativizar el éxito o el fracaso, pueden llevar a querer disfrazar la realidad, que sea de otra manera, más bonita, o más manejable, haciendo que el individuo deje parte de su esencia por el camino.

Nombrar la realidad es importante. Nombrarla bien. De la forma más precisa posible. Permite el nacimiento de la seguridad, de la confianza básica. Permite el crecimiento desde la aceptación de la realidad, tal cual es.

Relativizar la realidad, trivializa la misma, y trivializa a la persona. Hace de la realidad una caricatura, y hace de la persona una caricatura. La realidad tiene límites. Circunstancias. Dificultades. Posibilidades. Si trivializamos con ella, trivializamos con nuestra propia vida, y con nuestras capacidades.

Nosotros preferimos nombrar el fracaso, si hemos fracasado. Preferimos dibujar bien los límites, las barreras y la dificultades, para poder ver la forma de sortearlos, atravesarlos, conquistarlos.

Si trivializamos, perdemos los contornos, y perdemos la posibilidad de dibujar estrategias precisas. Es verdad, que así, si hay dificultades, parecen menos dificultades, pero, ¿alguien se imagina a un ingeniero que tenga que proyectar una carretera, prefiriendo no ver los ríos y las montañas?

La propuesta que venimos escuchando desde hace ya un tiempo, y que cada vez es más fuerte, consiste nada más y nada menos que en eso. Deje usted de contemplar con precisión los mapas, la geografía. El río no necesariamente es un río, sino un riachuelo. La montaña no necesariamente es una montaña, sino un montículo. O, directamente, no hay río. No hay montaña.

Pero señores, sí hay ríos. Sí hay montañas. Y tenemos capacidad, todos, de sobra, para poder sortear los ríos, o navegarlos, o cruzarlos a nado, o a pie. Y tenemos capacidad, todos, de sobra, para poder subir montañas. O tender funiculares. O trazar carreteras.

Nombrar la realidad nos da la posibilidad de descubrir nuestra capacidad. No sucumbamos a relativizarla. No nos neguemos a ser capaces de sostener el fracaso, con mayúsculas. Si hay fracaso, hay fracaso. No nos neguemos a ser capaces de sostener el éxito, con mayúsculas. Si hay éxito, hay éxito.

Nuestra capacidad, y nuestros verdaderos límites nos esperan. Nombrémoslos. Aceptémoslos. No nos conformemos. No relativicemos.  ¿No?

Publicado el junio 13, 2014 en Entrenamiento personal y directivo, Para reflexionar y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. No es un problema de lenguaje, ni de etiquetas, ni de no querer llamar a las cosas por su nombre. Es mucho peor. El relativismo imperante es algo corrosivo. Para la persona y para la Sociedad. Se trata de relativizar los valores. De no dar importancia a los que tradicionalmente pudieran considerarse positivos, tachándolos de regresivos, anticuados, inútiles y perjudiciales, impropios del tiempo actual. De minimizar, disculpar o incluso dotar de valor positivo, con inconsistentes pero atractivos y aparentemente justificados razonamientos, a todo lo anteriormente considerado como negativo o rechazable. Se trata de lograr el universo gris, sin diferencias en la consideración de valores, actitudes y conductas. Ya la entropía habrá alcanzado su valor máximo. Ya no podrá haber intercambio de nada porque todo será igual.
    Todo esto tiene su origen, fundamentalmente, en una educación laxa, viciada, que no forma personas sino seres iguales por dentro, que aceptan todo con indiferencia porque ellos serán aceptados con la misma indiferencia; a los que nada se les exigirá, porque ellos nada exigirán.
    No, no es un problema de etiquetas ni de lenguaje. Ojalá fuera sólo eso.

    • Estamos de acuerdo contigo. Es un problema de educación, pero también es un problema de responsabilidad individual. Cada uno de nosotros, tiene la obligación de analizar y pensar aquello que le dicen los demás, y lo que dice él mismo. Todo es ya lo suficientemente relativo como para que no lo relativicemos nosotros más. Está bajo nuestra responsabilidad.

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