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Esto también cambiará

Compartimos aquí un pequeño cuento indio, que nos habla de que, en la vida, encontramos situaciones positivas y situaciones negativas, encuentros, pérdidas, triunfos, éxitos, fracasos, halagos, insultos, etc…

Si nos quedamos en cada uno de esos acontecimientos, en cada una de las pérdidas, en cada uno de los éxitos, de los halagos, o de los fracasos, sufriremos inutilmente. Quizá, lo mejor, es aceptar cada situación, sea buena, o mala, con el ánimo sereno, sabiendo que, sea bueno, o malo, pasará. Todo pasa.

“Un próspero comerciante dejó al morir una cuantiosa fortuna, que debía repartirse entre sus dos hijos en partes iguales. Así se hizo, pero transcurrido algún tiempo de la muerte de su padre, los hermanos hallaron un paquete que había sido celosamente guardado. Lo abrieron, expectantes, y encontraron dos sortijas. En una de ellas brillaba un valioso diamante; la otra era un sencilla pieza de plata.

El mayor de los hermanos, al verlas, sostuvo que lo más probable era que hubieran pertenecido a sus antepasados. Eso explicaría por qué el padre las había guardado con tanto cuidado, y no las había incluido en la herencia paterna.

-Como soy el primogénito-dijo, movido por la codicia-, me corresponde la sortija del diamante.

El hermano menor no opuso argumento alguno. Por el contrario, le contestó:

-Estoy de acuerdo, espero que tú seas tan feliz con la sortija del diamante, como yo lo soy con la de plata.

Cada hermano emprendió su vida por separado, con la sortija que le había tocado en suerte. Unos días después, el hermano menor, se preguntó cuál habría sido la razón de que el padre guardara con tanto celo una sortija sin valor aparente. La examinó detenidamente y pudo apreciar unas letras grabadas en la cara interior. Con algún esfuerzo, logró leer la frase que las letras formaban: “Esto también cambiará”.

Calma. Esto también pasará.

Calma. Esto también pasará.

-Tal vez éste era el mantra de mi padre-pensó.

El tiempo transcurría para los dos hermanos con sus inevitables fluctuaciones, los buenos y los malos momentos, las situaciones favorables y las adversas, el placer y el dolor.

El hermano mayor vivía exaltadamente las circunstancias favorables, y se deprimía frente a las desfavorables. Su equilibrio espiritual comenzó a tambalear y llegó al límite. De poco le servía poseer la valiosa sortija con el diamante.

Mientras tanto, la vida del hermano pequeño, discurría de modo igualmente dispar. También había para él momentos buenos y momentos malos, alegrías y sufrimientos, situaciones placenteras y otras dolorosas. Pero en los momentos de zozobra, siempre recordaba la inscripción grabada en la sortija de plata: “Esto también cambiará”. Eso lo ayudaba a mantener una actitud ecuánime y equilibrada, el ánimo siempre dispuesto y la claridad de pensamiento. El placer no le provocaba apego y lo desagradable no le causaba aversión. Vivía en armonía consigo mismo, y con el mundo que lo rodeaba.

La relatividad de los puntos de vista

Compartimos aquí una historia que ilustra muy bien nuestras dificultades para percibir la realidad tal y como es, ya que cada uno de nosotros está condicionado por su punto de vista, adquirido a lo largo del tiempo, a través de nuestra experiencia y de nuestras reacciones a nuestra experiencia. Esperamos que os guste. Es una historia india.

Un maestro espiritual enseñaba desde hacía años a varios discípulos, de los cuales, cuatro eran ciegos.

Estos cuatro discípulos eran muy meticulosos y seguían escrupulosamente las enseñanzas de su maestro.

Hacía ya muchos años que la situación persistía y los cuatro discípulos empezaban a preguntarse si un día llegarían, por fin, a la iluminación prometida.

Se reunieron pues para intercambiar sus preocupaciones, y decidieron que debían entrevistarse con el maestro y hablarle con franqueza. Fueron a ponerse a los pies del maestro, y allí, osaron formular la pregunta:

-Maestro, seguimos fielmente tus enseñanzas desde hace años. ¿Cuándo alcanzaremos la iluminación? Deberíamos estar ya preparados, ¿no lo crees así?

El maestro miró unos instantes a los cuatro, luego pareció tomar una decisión.

-Muy bien- les dijo-, veo que vuestro deseo de entrar en unión con la Madre Divina es muy grande. Así, voy a daros, a partir de hoy, una posibilidad de demostrar vuestra capacidad para recibir sublimes energías.

Al oír estas palabras, los discípulos rebosaron de alegría, pero por supuesto, esperaban una dura prueba.

– ¿Estáis listos?- les preguntó el maestro.

– Sí, ciertamente- respondieron a coro los discípulos-. Dínos qué hay que hacer, y lo haremos.

– En el bosque vecino hay un claro, y en este claro, hay un elefante. Vais a ir al claro. Sé que nunca habéis visto un elefante, puesto que sois ciegos de nacimiento. Pero vais a entrar en contacto con el elefante con la ayuda de los sentidos que os son disponibles y dentro de una hora volveréis y cada uno me hará una descripción del elefante. En marcha.

ElefanteLos discípulos quedaron muy sorprendidos; la prueba era simple y ridícula. Pensaron que después de muchos años de estudios con el maestro, ya estaban preparados. Esto no era más que una formalidad.

Se marcharon pues alegremente al claro, y allí, cada uno entró en contacto con el elefante. El primero cogió la cola. Entonces pensó: “Un elefante vive en el aire. Es redondo y largo, y se termina con un mechoncito de pelos. Muy bien, ya sé lo que es un elefante.” El segundo, cogió la pata, la palpó con sus manos. Pensó: “Un elefante es grande y rugoso como un árbol, tiene una piel espesa y llena de pliegues, vive en la tierra. Muy bien, ya sé lo que es un elefante.” El tercero cogió la trompa, y tuvo su experiencia del elefante, al igual que el cuarto que tocó la oreja. Muy felices, seguros de ellos mismos, y charlando alegremente, volvieron al Maestro a la hora prevista.

Entonces el Maestro les preguntó:

– ¿Quién puede decirme qué es un elefante?

El primero, no pudiendo contener su dicha, le dijo sin esperar:

– Maestro, un elefante vive en el aire. Es redondo y largo, muy suave, y se termina con un mechoncito de pelos.

– En absoluto- replicó rápidamente el segundo-, un elefante es grande y rugoso como un árbol, tiene la piel arrugada y vive en la tierra.

– ¡Por supuesto que no!- gritó el tercero-. Voy a deciros, Maestro, qué es un elefante.

Y empezó a describir la trompa. Antes de que hubiera terminado la descripción, el cuarto, que no podía contener su impaciencia, le interrumpió para dar su propia descripción del elefante, o sea, la oreja. Pero no pudo terminar porque los otros tres protestaron, defendiendo cada uno su propia percepción, y así empezó una gran disputa. El Maestro les dejó pelearse un momento y luego, como la disputa no se acababa, rogó silencio para decirles que la iluminación, en definitiva, no era para hoy…